Don Richard ha muerto
En la casa de la abuela, las paredes han aprendido a escuchar. Se inclinan hacia adentro, apenas vencidas, como si el tiempo hubiera presionado su pulgar contra ellas durante décadas, haciendo la misma pregunta una y otra vez. Los pisos conocen el peso de los pies que ya no están aquí. El ventilador del techo gira lentamente, no para refrescarnos, sino para evitar que el aire se pose demasiado pesado sobre nuestros hombros. Afuera, la luz tiene el color del polvo recordando la luz del sol. Han anunciado que Don Richard ha muerto. El anuncio llega en silencio, sin ceremonia, sin la ruptura teatral que uno podría esperar de la muerte. No patea la puerta. No exige atención. Simplemente aparece, ya sentado, ya formando parte del cuarto. Alguien dice su nombre, y todos entienden lo que ese nombre significa ahora. Algo que esta en el pasado, pero todavía respiran. Algo que ha terminado, pero aún nos escucha. Nadie entra en pánico. Nadie grita. No hay carreras, ni prisas, ni el colaps...