El Sintoma Invisible
A veces siento que todo este país, Estados Unidos (con sus luces frías, sus avenidas interminables, sus parques impecables donde los niños corren como si fueran las últimas criaturas inocentes en la tierra) está construido sobre un punto ciego. Algo que se repite sin decirse. Algo que quiere ocultarse, pero cuya misma ocultación lo vuelve más visible. Como si en el corazón del capitalismo americano hubiera un temblor constante, una grieta que respira, un hueco donde deberían ir las palabras que nadie quiere pronunciar.
Y es ahí donde aparecen ellos: los ilegales.
No como individuos, no como personas con historia, deseo, familia, o carne. Nada tan real. Aquí aparecen como significantes flotantes, como ecos que cargan el peso de todos los miedos, como si el país necesitara un espectro para darle forma a la ansiedad que lo sostiene. Un síntoma: eso que Lacan describe como un nudo imposible de deshacer, aquello que revela la verdad que el sujeto no puede soportar; y que Zizek nos recuerda que es el punto que sostiene la fantasía misma, el pedestal sobre el cual se levanta el edificio del deseo social.
Los ilegales
son ese síntoma.
No el problema, sino la evidencia del problema.
No la enfermedad, sino su revelación involuntaria.
No la causa del malestar, sino el espejo donde el malestar intenta no verse.
I. El país que necesita un fantasma
Al caminar por los supermercados, al escuchar conversaciones, al ver los ciclos eternos de noticias, siento esa pulsación secreta: un miedo que necesita una forma, un rostro que no debe ser demasiado real. Un rostro que, precisamente por ser anónimo, puede cargar con la culpa de todos.
Entonces, la
fantasía derechista los invoca:
“Ellos son el desorden.”
“Ellos son la grieta.”
“Ellos son la razón por la que el sistema tambalea.”
Qué
conveniente.
Qué elegante en su violencia.
Qué perfecta esta fórmula de reemplazar la causa por el síntoma.
Porque en esta lógica perversa —tan americana, tan eficiente— el sistema nunca es el culpable. Si las fábricas se van, si los salarios caen, si las deudas se multiplican, si la vida parece una escalera que se deshace conforme uno sube… entonces, automáticamente, el sistema queda exonerado. Y el odio se dirige hacia abajo, nunca hacia arriba.
Pero el
escándalo, la perversión verdadera, es que no es que la derecha no pueda ver
el problema.
Es precisamente la visibilidad del problema lo que hace que la fantasía se
vuelva más fuerte.
Cuando las pruebas del fracaso del capitalismo se vuelven indiscutibles, cuando la miseria ya no puede maquillarse, cuando las escuelas públicas se vuelven cárceles y las cárceles se vuelven negocios, cuando las calles piden limosnas silenciosas… es en ese momento que el síntoma debe intensificarse. La fantasía necesita defenderse.
Y así, el ilegal se vuelve más “ilegal” todavía.
Más monstruoso.
Más impuro.
Más amenaza.
Más indispensable para sostener la mentira.
Como el chivo expiatorio antiguo; único puente entre una comunidad incapaz de mirarse a sí misma y el abismo que la rodea; este país necesita proyectar sus fracasos sobre un cuerpo externo. Ese cuerpo, hoy, es el del inmigrante sin papeles.
II. El síntoma no se elimina: se desea
En la teoría
lacaniana, el síntoma no es un error del sistema.
El síntoma es la verdad del sistema.
Se presenta como una interrupción, pero en realidad es el ancla que sostiene la estructura. Es el punto donde la fantasía se fija, donde el sujeto encuentra la manera de seguir evadiendo la verdad. Para Zizek, el síntoma es la forma en que la ideología se vuelve tangible: un objeto que carga el peso de lo reprimido y, al mismo tiempo, permite que la represión continúe funcionando.
Por eso, cuando la derecha grita que “los ilegales destruyen al país”, no está tratando de eliminar el síntoma. Está tratando de sostenerlo. De nutrirlo. De repetirlo una y otra vez para que nunca desaparezca.
Porque si el
síntoma desapareciera, quedaría expuesta la verdad:
que el sistema está enfermo.
que la riqueza se sostiene sobre despojos.
que la desigualdad no es una anomalía sino su motor.
que el sueño americano es una pantalla rota proyectando una película gastada.
El ilegal es el
punto donde toda esta contradicción se concentra.
Es el nudo del deseo nacional.
EE.UU. lo
necesita.
Lo necesita como síntoma.
Lo necesita como excusa.
Lo necesita como justificación moral de sus propios fracasos.
Y, al mismo tiempo, lo necesita como sostén económico: mano de obra barata, desechable, silenciosa, que pueda ser explotada sin conciencia, sin contrato, sin responsabilidad.
El síntoma es
también utilidad.
El síntoma es un engranaje.
El síntoma es lo que no se quiere curar.
III. La fantasía y sus mecanismos de defensa
Me doy cuenta, mientras escribo, de que esta fantasía nacional tiene la forma de una muralla. Una muralla hecha no de ladrillos ni de acero, sino de palabras, espantos, imaginaciones febriles y lógicas circulares. Una muralla que cumple la función de proteger al ciudadano de tener que confrontar que su vida está atravesada por una maquinaria que no lo respeta, que no se detendrá por él, que no lo ha considerado nunca indispensable salvo como fuerza de trabajo.
Así funciona la
fantasía:
EL SISTEMA NO FALLA.
EL ENEMIGO ES EXTERNO.
EL PROBLEMA ES EL OTRO.
NOSOTROS SOMOS LOS VÍCTIMAS.
Qué hermosa
ecuación para no sentir culpa.
Qué simple manera de explicar lo inexplicable.
Los ilegales se vuelven una pantalla donde se proyecta todo lo que no se quiere ver:
– la caída del
salario real,
– la precariedad estructural,
– el costo inútil de las guerras,
– la corrupción corporativa,
– la fragilidad del sueño americano,
– la injusticia como estructura,
– la soledad de un país que ya no sabe quién es.
La fantasía los
transforma en un espejo oscuro.
Y cuando la gente mira ese espejo, cree ver una invasión, pero lo que realmente
está viendo es el derrumbe de sus certezas.
IV. El síntoma como verdad del capitalismo americano
La contradicción más profunda es también la más obvia:
El mismo sistema que criminaliza al ilegal depende de él.
Lo necesita en
las cosechas, en las cocinas, en los hoteles, en las obras de construccion, en
los cuartos escondidos donde se cuidan niños que nunca aprenderán el idioma de
quienes los cuidan. Lo necesita en su invisibilidad.
Lo necesita como sombra funcional.
Pero
políticamente, lo necesita criminalizado.
Lo necesita culpable.
Lo necesita como síntoma.
Porque sólo cuando existe un síntoma se puede evitar la confrontación con la verdad.
En ese sentido,
el ilegal es un punto de goce para el sistema.
Su presencia permite que el país descargue ansiedades, frustraciones, miedos.
Es el objeto que organiza el odio.
El trozo de Real lacaniano que estructura la fantasía nacional.
Sin él, el
sistema tendría que mirarse al espejo.
Y ese espejo devolvería una imagen insoportable.
V. Las pruebas del fracaso del sistema y la intensificación de la fantasía
Podría parecer que, si las evidencias del fracaso del capitalismo son tantas —crisis económicas sucesivas, aumento de la depresión, desigualdad, precarización absoluta del trabajo— entonces la fantasía debería debilitarse. Que la gente despertaría y exigiría una transformación profunda.
Pero no.
Es lo contrario.
Mientras más
cae el sistema, más necesaria se vuelve la fantasía.
Mientras más evidente es el colapso, más feroz la demanda de un culpable
externo.
Mientras más absurda la desigualdad, más urgente la narrativa de protección
nacional.
Las pruebas no
destruyen la fantasía. La alimentan.
Las contradicciones no disuelven el síntoma. Lo fortalecen.
En el discurso
público, el ilegal se convierte en una figura mítica:
el enemigo que siempre está llegando,
el que viene a tomar,
el que altera el orden,
el que amenaza la identidad nacional,
el que se convierte en explicación universal para todo malestar.
Y así, el país
puede evitar hacer la única pregunta que realmente importa:
¿Qué es lo que estamos protegiendo tanto? ¿Qué sistema nos exige esta fantasía para sobrevivir?
VI. Un país sostenido por sombras
No he estado en la frontera. No he visto los polvos del desierto ni las huellas borradas por el viento. Pero he visto otra cosa: el discurso. El miedo. La necesidad obsesiva de encontrar un Otro que cargue el peso. La arquitectura simbólica del enemigo.
He sentido el
tono tembloroso en las voces que justifican la injusticia.
He leído los relatos, los argumentos, las explicaciones que nunca explican
nada.
He observado la facilidad con la que se desplaza la culpa hacia quienes menos
poder tienen.
Y he
comprendido que esta nación no teme a los ilegales por lo que hacen, sino por
lo que revelan:
que el sistema no funciona para todos.
que la riqueza se concentra como un eclipse que devora la luz.
que el capitalismo necesita cuerpos sin derechos para sostenerse,
para mantener una fachada de salud.
El ilegal
revela el secreto que nadie quiere oír:
que el sueño americano no puede existir sin una pesadilla debajo.
Por eso es un
síntoma.
Por eso no puede desaparecer.
Por eso debe repetirse, intensificarse, representarse día tras día.
El país lo necesita para no despertar.
VII. La noche interminable del síntoma
Si cierro los ojos, puedo ver la lógica desnuda:
– El sistema
falla →
– La gente sufre →
– La fantasía protege →
– El síntoma se intensifica →
– El enemigo se inventa →
– El sistema continúa sin cambiar.
Y así, la
nación vive dentro de un sueño que nunca termina.
Una película donde el villano siempre es el mismo.
Una narrativa donde la culpa nunca asciende.
Una liturgia donde el síntoma es la plegaria constante.
El ilegal
sostiene la coherencia del mito.
Sin él, el mito colapsaría.
VIII. Lo que queda al final
A veces pienso que este país se encuentra atrapado en un acto de magia negra: un hechizo ideológico que requiere sacrificios continuos. No sacrificios de sangre —aunque a veces también— sino sacrificios simbólicos, psicológicos, narrativos. La necesidad de expulsar eternamente a un Otro para preservar la ilusión del Nosotros.
Pero los
síntomas no desaparecen por expulsión.
Los síntomas regresan.
Los síntomas insisten.
Los síntomas hablan.
Los ilegales,
en este sentido, hablan.
No con palabras, sino con la presencia misma de aquello que el sistema intenta
negar.
Son la grieta
que respira.
Son el retorno de lo reprimido.
Son la verdad que se cuela entre los huecos de la fantasía.
Y tarde o temprano, toda fantasía colapsa bajo el peso de su síntoma.
Hasta entonces, seguimos aquí, tratando de escuchar lo que la noche quiere decirnos, tratando de leer entre líneas, tratando de comprender esta maquinaria que necesita fantasmas para funcionar. Esta maquinaria que teme mirar su propia herida.
Este país que prefiere crear un enemigo antes que enfrentar su propia verdad.
Porque al final
—y esto es lo más difícil de aceptar—
los ilegales nunca fueron el problema.
Fueron el síntoma necesario del sistema que los demoniza.
Y mientras el sistema siga así, el síntoma seguirá regresando, llamando, señalando, insistiendo, recordándonos que la fantasía no es más que una máscara que teme caer.

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