Bajo Las Negras Alas
En Black Butterfly siempre siento que estoy escribiendo hacia atrás, como si el tiempo fuera una película en reversa donde la sombra avanza primero y el cuerpo llega después, y donde el recuerdo se despliega con un temblor que no es exactamente dolor pero tampoco es belleza, sino esa tercera cosa que aparece solamente cuando la mente empieza a desdoblarse, algo parecido a la luz que uno siente antes de morir. O a lo que uno cree que sería morir si pudiera imaginarlo sin desesperación.
El Salvador
durante la guerra no es un país ni una geografía. Es un agujero en el
lenguaje, una interrupción. Es lo que Žižek llamaría el Objeto Sublime:
ese vacío que no puede ser llenado, que no puede ser explicado, que solo existe
como un límite de lo que la mente puede tocar. Es la forma del vacío.
Y sin embargo, ese vacío nos mira. Nos elige.
Cuando digo que El Salvador durante la guerra es el Objeto Sublime de Black Butterfly quiero decir que su esencia nunca se deja atrapar. Incluso cuando uno habla de él con pasión, con furia, con nostalgia o con vergüenza, la verdad siempre queda un poco más allá, como un pájaro que bate las alas justo cuando creemos que hemos extendido la mano lo suficiente para tocarlo.
El vacío es un animal rápido. La memoria es un animal torpe. La escritura es un animal herido que intenta seguirlos.
En Black Butterfly hay una línea que siempre vuelve, incluso cuando no está escrita:
“No hay forma de regresar, solo formas de seguir hacia mas adentro.”
Seguir hacia
mas adentro es la única geografía posible cuando el país natal ha sido reducido
a escombros y espectros. Seguir hacia adentro significa entrar al origen del
miedo, que siempre se parece al origen de una especie de dios.
Y sin embargo, no es un dios. Es solo una ausencia que exige ser adorada.
En Žižek, el
Objeto Sublime es aquello que no puede ser poseído pero que organiza toda la
vida alrededor de su imposibilidad. Un agujero en el tejido simbólico que,
precisamente por ser agujero, se vuelve centro.
En nuestra historia como Salvadorenos, ese centro es la guerra. El fuego que
nunca se apaga. La esquina que nunca se acaba de pasar. El grito que aún cuelga
en el aire como un cuchillo.
La guerra no
fue un periodo histórico, fue un ritual sangriento. Una serie de gestos
arcaicos, repetidos por miles, obsesivamente, como si cada muerte fuera un
intento de llegar a ese vacío fundamental que esperaba detrás de la montaña,
detrás del ruido de helicópteros, detrás del miedo de mi madre, detrás del
rostro de cada niño que miraba sin comprender.
Y mientras más cerca llegábamos, más se alejaba.
El Sublime, decía Žižek, no tiene contenido propio: es el nombre que damos a una falta que nos constituye. Y así es El Salvador para mí.
Un país que nunca existió del todo. Un país que no deja de existir. Una herida que no puede cerrarse porque no tiene borde. Un pájaro negro que aletea en la noche sin tocar nunca el suelo.
Cuando pienso
en la guerra no recuerdo tanto el sonido de los disparos —que eran parte del
paisaje, como el sonido de los grillos— sino el silencio inmediato después.
Ese silencio era el verdadero Objeto Sublime. Esa respiración contenida que no
decía nada pero que lo decía todo. Ese vacío que se abría como un abismo y
parecía preguntar:
“¿Estás listo para mirarme?”
En Black
Butterfly, escribí que la muerte es un espejo donde uno se ve más vivo que
en la vida. Y eso es porque el espejo no refleja la piel, sino el hueco detrás
de la piel.
La guerra fue ese espejo. Un espejo gigantesco, fractal, multiplicado en mil
fragmentos que se reflejaban los unos a los otros.
Cada explosión era una pregunta.
Cada cuerpo era una respuesta incompleta.
Cada niño perdido era una tesis sobre la imposibilidad del retorno.
El retorno: la
gran mentira.
Nadie regresa.
Solo sobrevivimos.
Y sobrevivir es la forma más incompleta de la existencia.
La guerra nos
convirtió en habitantes del vacío. No del vacío místico, sino del vacío
concreto, sucio, lleno de moscas, de olor a ropa húmeda, de carne quemada, de
papel manchado con nombres y fechas que ya no importaban.
Un vacío que no estaba más allá del mundo, sino dentro del propio mundo, como
una cámara secreta que se abre cuando la realidad no puede sostenerse por sí
sola.
Ese vacío es mi país. Mi lugar de origen. Y aunque he estado en otros lugares —ciudades que se creen eternas, avenidas que se disfrazan de significado— ninguna de ellas ha podido borrar el eco de ese vacío inicial.
Porque ahí está lo sublime: En que nada puede reemplazar lo que no tuvo forma.
En Black Butterfly yo decía:
“La memoria no es una línea sino un aleteo.”
Un aleteo que
mueve el aire a su alrededor, aunque el cuerpo del pájaro permanezca invisible.
Así funciona mi recuerdo de El Salvador.
Nunca lo veo del todo. Solo siento su viento, su desplazamiento, su vibración.
A veces ese
aleteo llega como culpa.
A veces como deseo.
A veces como una voz que dice mi nombre en un acento que ya casi he perdido.
A veces como un olor: la humedad de un pasillo sin luz, el maíz quemado, la
gasolina caliente.
A veces como la sensación de que estoy a punto de morir.
No de manera literal, sino como si una parte secreta de mí recordara la
posibilidad constante de la muerte y la considerara aún parte de mi identidad.
El Objeto Sublime, dice Žižek, organiza el deseo sin jamás satisfacerlo. Y yo creo que eso es exactamente lo que la guerra nos hizo: Nos enseñó a desear la vida sin creer profundamente en ella.
Quienes crecimos
ahí sentimos que la vida es algo prestado. Un préstamo sin fecha de devolución.
Un favor concedido por una figura invisible que ya no recordamos.
Por eso amamos con desesperación. Por eso escribimos como si cada frase fuera
la última.
Hay un episodio
de Black Butterfly —no escrito, pero que siempre he considerado parte
del libro— en el que camino por una calle de San Salvador y siento que el aire
tiembla.
No tiembla de calor, ni de sonido, ni de miedo: tiembla de vacío. Como si el
vacío fuera una presencia.
Una pulsera apretada contra la muñeca.
Un cuchillo helado contra el cuello.
Un ojo inmenso y negro que quiere ver a través de mí.
Esa sensación nunca desapareció. Es el legado de la guerra. El fantasma que permanece incluso cuando el país cambia de piel. Aunque cambien los gobiernos, los nombres, los rótulos, las calles. Aunque la gente diga que todo está mejor. Aunque nadie quiera recordar.
Pero el vacío
recuerda.
El vacío nunca olvida.
El vacío es el archivista perfecto.
En Black Butterfly hay una frase:
“Las cosas que no queremos recordar son las que realmente nos escriben.”
Y eso es
verdad.
La guerra nos escribió a todos.
Nos escribió en silencio.
Nos escribió sin pedir permiso.
Nos escribió con la tinta más oscura
posible.
Cuando pienso
en Žižek y en su idea del Objeto Sublime siempre imagino ese lugar inaccesible
que, sin embargo, orienta toda la vida hacia él.
El Salvador durante la guerra es exactamente eso. Un núcleo de horror y de
belleza anti-bíblica. Una estrella muerta que sigue afectando la gravedad de
todo lo que hacemos. Un altar vacío donde aún quemamos ofrendas.
Pero el Objeto
Sublime no quiere ser alcanzado. Quiere que sigamos girando alrededor de él.
Ese es su truco. Su matemática secreta.
Y a veces siento que ese país —ese país que ya no existe— sigue girando dentro de mí. Que cada decisión que tomo —mudanzas, amores, silencios, huidas— son solo órbitas alrededor de un centro que no puede ser tocado. Un centro que finge ser un recuerdo pero en realidad es una condición metafísica.
Una condición que dice:
“Esto es lo que eres: un sobreviviente del vacío.”
Y aceptar eso es también aceptar que el vacío tiene derechos sobre mí. Que soy su ciudadano. Que mi pasaporte más real no tiene estampas, sino cicatrices.
Hay una escena perdida de Black Butterfly donde yo escribo:
“Todos los países son ficción, pero el mío es una ficción que sangra.”
Sangra porque
no fue cerrado.
Sangra porque no hubo ceremonia de clausura.
Sangra porque todavía tiene algo que decir.
Pero esa voz no sale por la boca de ningún político, ni de ningún historiador.
Sale por la
boca abierta de la noche.
Por la herida sin nombre que se abrió en el imaginario.
Por la ausencia que sigue pidiendo cuerpo.
Eso es lo
Sublime.
Una ausencia con hambre.
Un vacío que pide ser vestido pero que devora toda tela que se acerca.
A veces sueño
con ese país como si fuera una mujer.
Una mujer bellísima y devastadora que me dice:
“No intentés salvarme. Solo recordame.”
Recordarla es
la única forma de tocarla.
Mientras más la describo, más se aleja.
Mientras más me acerco, más se vuelve humo.
Esa es la ley del Objeto Sublime:
No permite posesión.
Solo devoción.
Y yo soy un devoto mas.
En Black
Butterfly el “yo” nunca es un individuo sino una sombra que se mueve sobre
un mapa viejo y en proceso de desvanecerse.
Así escribo este texto.
Como quien no quiere volver, pero no puede irse.
Como quien sabe que el país que lo formó no fue una nación sino un terremoto.
Como quien vive con un ala en el presente y otra en un pasado que arde sin
llamas.
La guerra
terminó. Eso dicen.
Pero lo Sublime no termina.
Lo Sublime se alimenta de nosotros.
Y nosotros seguimos dándole de comer.
Al final, Žižek
tiene razón: Lo Sublime es lo que nunca puede ser dicho del todo.
Y Black Butterfly también tiene razón: Hay verdades que solo pueden ser
dichas en susurros.
Y la guerra, mi país, mi infancia, ese vacío que aún me respira por la espalda,
se sostienen en la intersección de esas dos certezas.
Soy hijo de un
abismo.
Hermano de un silencio.
Amante de una sombra.
Y no cambiaría eso por nada.
Porque en ese vacío encontré la única forma de verdad que no se desvanece.
El Salvador
durante la guerra es mi Objeto Sublime.
No porque lo entienda.
Sino porque nunca podré entenderlo.
Y en esa
imposibilidad
—en esa falta que me organiza, que me nombra, que me vigila—
descubro algo parecido a la libertad.
O algo parecido al destino.
O algo parecido al amor.
Un amor oscuro.
Un amor imposible.
Un amor que no pide nada excepto que siga escribiendo su ausencia.
Y por eso sigo escribiendo.

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